El nacimiento de Venus ( 1482-1485) de Botticelli

Las mujeres en la historia del arte han sido representadas bajo la visión del patriarcado, es decir, bajo el predominio o mayor autoridad del varón en la sociedad. Dicha representación se ha ido moviendo a lo largo de la historia para favorecer los intereses de la clase dominante y facilitar el sometimiento de las mujeres.

Así lo señala Pilar Vicente de Foronda en un estudio publicado en Atlánticas, Revista Internacional de Estudios Feministas. De la mano de esta autora repasamos el papel atribuido a la mujer como objeto de representación.

La imagen de las mujeres en el arte

Desde las estatuillas de las venus con el volumen concentrado en las caderas, como símbolo de fertilidad, hasta las mujeres del art decó. La historia del arte, como la universal, refleja el dominio del hombre blanco y nos insta a revisarnos para desmontar estereotipos.

Una manera de hacerlo es mediante la lectura feminista. Entender cómo esa representación concreta de la mujer hila con la visión patriarcal es fundamental para emanciparse de la omnipresente mirada masculina y continuar con la construcción de nuestro propio relato.

Diosas de fertilidad

La representación de las mujeres en el arte se remonta a la prehistoria, donde abundan las estatuillas conocidas como Venus que reproducen el cuerpo femenino como fuente de fertilidad, fecundidad y supervivencia de la tribu. Por eso se exageran las partes del cuerpo relacionadas con la fecundidad, como senos, vientre, caderas y pubis.

Es el origen de la representación del cuerpo femenino en una conexión con lo sagrado, más que con objeto de deseo. Representan el equilibrio entre lo imaginario y lo real, entre la maternidad y lo que simbolizan. Pero, al no haber explicaciones, todo son interpretaciones.

La Venus (27 500 - 25 000 a. C) de Willendorf

De la Madre Tierra como Diosa suprema a la compañera

Esta es la representación mayoritaria de la mujer en el arte antiguo (Mesopotamia, Grecia y Roma), la de Madre Tierra como Diosa suprema. Pero en la cultura protosumeria y protosemita, en el IV milenio antes de nuestra era, se produce un cambio de divinidad. De una cultura estática y pacifista se pasa a la inestabilidad derivada de la trashumancia de los semitas. Se tiende a lo grandioso y se interrumpe la búsqueda de la madre suprema por el padre supremo, de manera que las divinidades semitas son representaciones masculinas.

En el antiguo Egipto, cuando la mujer es representada lo hace en compañía del varón. Solo Hatshepsut supone una excepción, pues la encontramos en los relieves del obelisco de Karnak, pero con aspecto masculino. Era la manera de que pudiera recibir la corona de manos de Amón-Ra.

O santas o pecadoras

Las obras de arte sobre la mujer cambian ostensiblemente en el medievo, un periodo histórico que abarca más de 1000 años. Los únicos historiadores son los “hombres de religión”, es decir, quienes viven separados de las mujeres por cuestiones de celibato.

Dos figuras femeninas cobran una importancia fundamental en el arte: Eva y María. A partir de ellas se construye la dicotomía clásica derivada del pensamiento clerical misógino: o eres santa o eres pecadora.

En el arte románico, pecados como la avaricia y la lujuria tienen forma femenina. Tenemos ejemplos en la mujer que cabalga un gallo en las jambas de la portada de Platerías, en la Catedral de Santiago. Pero hay miles de sirenas y figuras de pájaros con cabeza y pecho de mujer que son símbolo de tentación.

El Jardín de Eden con la Caída del hombre (1617) de Peter Paul Rubens

La tentadora, la Reina del cielo y la pecadora redimida

A lo largo de la Edad Media la mujer se incorporó a oficios en la ciudad como tenderas, zapateras u orfebres. Si ocuparon puestos creativos, lo que cabe suponer, no se representaron. En el arte se ciñen a ser bordadoras o hiladoras. E hilar, precisamente, se relaciona con la prostitución.

La imagen denostada, criticada y juzgada de Eva se cambia por la de Virgen. La Iglesia se encarga de establecer una diferencia abismal entre ambas: la que nos condena por ser tentadora y la que nos perdona y ama como madre celestial abnegada.

Una dualidad que comienza a dar paso a otra imagen de mujer: la de María Magdalena, la pecadora redimida. Durante mucho tiempo, el arte necesitó una de las tres para representar a la mujer, de manera que los roles se reducían a los de madre, amante o barragana.

La tentación de San Hilarión (1857) de Octave Tassaert

La tentación de San Hilarión (1857) de Octave Tassaert

Objeto de consumo masculino

La Femme Damnée (1859) de Octave Tassaert

A finales del siglo XIII y comienzos del XIV se desarrolla el arte erótico y la idea del amor cortés, lo que da lugar a una mística de la sexualidad que había desaparecido desde los tiempos de Roma. La mujer se desacraliza y comienza a ser representada como objeto de deseo, pero cumpliendo el ideal de belleza y juventud.

Aunque el Renacimiento trae cambios, el discurso eclesiástico sigue marcando las pautas. El cuerpo femenino se sigue explotando eróticamente en el arte, acaparando protagonismo por encima de cualquier situación ya entonces percibida como injusta.

Llama la atención la representación del mito narrado por Ovidio, en el que Artemisa se toma un baño en el río y es violentada por el cazador Acteón, que la observa. La diosa, como castigo, lo convierte en un venado para que sea cazado por sus perros, pero los artistas nunca eligen ese momento para representarlo en su arte. El que eligen es aquel en el que Artemisa se toma el baño bajo la lasciva mirada del otro.

El papel atribuido a las mujeres en la historia del arte explica cómo se han perpetuado estereotipos y roles que hoy perviven. El arte también necesita perspectiva de género para cambiar las dinámicas y favorecer la igualdad, y lo mejor que podemos hacer para ello es formarnos.

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